A los que nos gusta viajar, no fascina ya la misma preparación del viaje. De hecho, para los desplazamientos más largos yo me pongo a estudiar el destino con varias semanas de antelación. Es una forma de ir metiéndose poco a poco en la cultura que se va a conocer, pero también es una simple forma de entretenerse.

Cuando llega el momento de hacer el viaje, a veces siento una especie de melancolía, porque no sé si responderá a mis expectativas y porque queda bastante tiempo hasta que pueda preparar otro viaje. Pero en cuanto salimos para el aeropuerto ya vuelve la excitación propia del viajero.

Nunca sabes lo que te vas a encontrar. Y en ocasiones te encuentras con cosas no del todo agradables. En uno de los viajes que hicimos hace tiempo, nos encontramos con una meteorología para la que nos estábamos preparados. Un calor sofocante y una humedad extrema. A todo ello había que sumar la incomodidad de los desplazamientos y las condiciones poco higiénicas de algunos hostales. Pero lo peor estaba por llegar.

Uno de los hostales en los que nos quedamos no tenía mosquiteras a medida. Estaban rotas y no cubrían bien la ventana de la habitación. Como hasta ese momento no habíamos tenido demasiados problemas con los bichos no le dimos demasiada importancia y nos fuimos a dormir. Cuando nos levantamos estábamos abrasados. Habíamos dado de comer a todos los mosquitos del pueblo.

El problema fue a más, porque alguna de las picaduras reaccionó mal y se infectó hasta el punto que yo estuve enfermo un par de días. El médico que me atendió estaba cansado de ver reacciones similares y nos recomendó que, para otra vez, nos pusiéramos una pomada y utilizásemos mosquiteras a medida. Nos miramos entre nosotros…

El resto del viaje vivimos más pendientes de los mosquitos que de otras cosas. Analizamos cada centímetro cuadrado de la mosquitera para comprobar que no tenía agujeros y nos embadurnábamos de pomada a todas horas. Cuando volvimos a casa respiramos aliviados: nunca me picado un mosquito en esta casa.