Supongo que todo el mundo tiene un amigo que está tratando de sacarse la oposición de la Policía Nacional. Y si no es de eso, de Guardia Civil. Yo también lo tengo. Son tantos años ya que no recuerdo ni la primera vez que se presentó. A la siguiente, siempre es la vencida. No tengo duda de que algún día lo logrará, pero mientras tanto, su experiencia como opositor me ha servido también a mí.

Para ser policía no solo hay que aprobar la parte teórica, sino también la física. Y este amigo mío es de esos del culto al cuerpo. Al principio me hacía gracia, me lo tomaba a broma y le metía algunas puyitas, sobre todo cuando hablaba del valor nutricional clara de huevo. Yo le decía: “pero vamos a ver, si la yema es lo más rico”. Lo comparaba con un amigo común vegetariano que se comía el pan untado en grasa de chorizo frito, pero dejaba el chorizo… por ser vegetariano.

Pero lo de estar en forma, aparte de una afición, era un objetivo relacionado con la oposición y a mí me pareció muy bien. Quién me iba a decir a mí que unos años más tarde yo también iba ser tan tiquismiquis con la alimentación. Harto de estar un poco fondón se me ocurrió que la mejor forma de ponerme en forma era acudir a mi amigo, ya que es un pozo de sabiduría si se trata de hacer ejercicio o de comer de forma saludable.

Y sí, quien me iba a decir a mí que acabaría yo también midiendo el valor nutricional clara de huevo y dejando la yema aparte. Lo que yo creía que era una falta de respeto con la comunidad aviar, tiene todo su sentido, puesto que dejando la yema evitas comer grasa y te beneficias de una buena cantidad de hidratos de carbono y proteínas.

Y como con la clara de huevo con el resto de alimentos. Tampoco se trata de medir con exactitud todos los valores nutricionales de lo que vas a comer, pero sí de tener un poco de sentido común. Somos lo que comemos, de eso no hay ninguna duda.