Hay una alumna en mi taller que hace meses que no puede acudir a su cita de los miércoles. Aunque es una gran aficionada a la literatura y escribe muy bien, está viviendo un pequeño infierno con su casa y ha tenido que aparcar sus ‘otras aficiones’. Todo empezó hace un par de años cuando compró un chalet en una zona del sur de Madrid. Nos enseñó algunas fotos y parecía interesante, sobre todo por el precio que había pagado. Pero pronto empezaron los problemas.

Los dueños anteriores la habían avisado de que necesitaba algunas reformas, pero no tantas como resultaron a la postre… y todavía no ha terminado. Pero en un principio no se asustó porque su yerno tiene una empresa especializada en reforma casa. Él se comprometió a ocuparse todo, pero por aquel entonces no creyó que ese ‘todo’ era tanto.

El problema principal está en los cimientos. Yo no soy un experto en estas lides así que no lo terminé de entender muy bien, pero parece ser que el tipo de cimientos no son los adecuados para el suelo, lo que dificulta mucho cualquier rehabilitación. La cuestión, de hecho, ha superado los conocimientos del yerno que ha tenido que dejarlo para evitar, además, que el asunto terminase con conflictos familiares.

Y es que la mujer está empezando a hartarse. El yerno, con mucho sentido común, le recomendó que acudiera a una empresa con más experiencia en problemas como el suyo. No estaba seguro de poder hacer el trabajo adecuadamente, así que prefirió ‘hacerse a un lado’.

Pero es que no solo son los cimientos. La reforma casa que necesita incluye también intervenciones en el tejado, que tiene graves desperfectos. Pero le han comentado que no se puede hacer nada en el techo si los cimientos no están asegurados.

Nadie quiere decirlo, pero en el taller corre el runrún de que lo mejor sería tirarlo todo abajo y volver a empezar. Ella no quiere ni oír nombrar esto, porque bastante tiene con la situación actual. A veces en plan de broma lo llama el chalet maldito y no puede ser un nombre más apropiado.